Desperté de manera violenta y lo primero que hice fue ver la hora. Eran las tres de la madrugada de los primeros días de diciembre, un diciembre que había llegado con una manta de calor que abrazaba al mundo o, si no al mundo, sí a las casas de interés social en la que nos asamos los pobres.
La ventana dejaba entrar la luz del alumbrado público y de otras casas noctámbulas. Razones le sobran a la noche para inducir el desvelo. Hay como pequeños duendes que nos jalan de los pelos y nos susurran al oído todas las cosas pendientes, todos los recuerdos que se quedaron en la panza sin digerir, pedazos de ideas muertas que navegan por un lago de basura dentro de nosotros, y que se revuelven para dejarnos náufragos en todas las camas del mundo.
Los duendes no me dejaban dormir. Me levanté, abrí la puerta de mi recámara y contemplé la puerta de Miguel —una puerta cualquiera, blanca, vieja—. Me imaginé a Miguel dormido en medio de todas sus cosas, de sus trajes siempre tan pulcros, de su guitarra azul, de sus discos, de sus pósters… Caminé hasta la sala. No había ruido, nada, sólo sentía una ligera neblina que caía en mi cuerpo como sábanas sucias. Mi perra Laika no estaba, tampoco los gatos, Catalina y Link. En vano, traté de hacerme a la idea de que estarían vagando por ahí.
Fui a la cocina, tomé de un trago un vaso de agua y volví a la sala para enfrentar ese silencio, un silencio extraño y quieto que me dejaba un sabor a tierra, a rosas cortadas y puestas en una jarra de agua verde. Me pregunté por los gatos, por la perra. Una voz en mi cabeza me hacía entender que ya estaban muertos, no tenía pruebas, pero estaba seguro de que en la casa ya no había nada con vida. Me llegó el miedo. Estaba rodeado de esto y necesitaba ayuda, así que empecé a gritar:
—¡Miguel!, ¡Miguel!
No recibí ninguna respuesta. Sentí que la casa ya no estaba dentro de la colonia, ni dentro de la tierra, estaba vagando en el espacio, en un espacio donde la vida es nula, donde la esperanza es inútil y donde mi voz no se podría escuchar por ninguna parte.
Corrí hasta pararme frente a la puerta de Miguel.
—¡Miguel, Miguel!
No respondió, sólo oí el sonido de un columpio, de esos columpios improvisados que uno hace de niño con un mecate y una llanta vieja colgados a la rama de un árbol, aunque, en este caso, presentí un árbol triste. Mi mirada se perdió en el suelo como si debajo de mis pies hubiera un pozo sin fondo. Pensé en la vida, no en mi vida, no en los animales o en los arbolitos, pensaba en los ejercicios más sencillos de la vida: respirar y exhalar, respirar y exhalar, el único mantra que de verdad funciona, un conocimiento tan antiguo y tan lejano que conocimos antes de nacer y que, por supuesto, nunca podremos olvidar. Nadie se ha matado aguantando la respiración, todos utilizan un recurso ajeno para terminar con su vida, pistolas, navajas, cuchillos, pastillas, autos; pero nunca nadie ha conseguido matarse olvidando inhalar y exhalar. La vida, pensé, es una máquina en constante trabajo sin ninguna puerta de emergencia, ningún interruptor, no hay off, tenemos que intervenirnos con otros medios para desbaratarnos sin remedio alguno.
Abrí la puerta con toda la quietud que me permitían mis manos temblorosas, sólo para encontrar la escena de un tesoro maldito. No, no era un tesoro, eran unos pies flotando, mecidos por la inercia y, arriba de ellos, un cuerpo derrotado, y encima del cuerpo, arriba de los hombros, la cabeza de mi amigo. Sus ojos estaban cerrados y tenía una sonrisa, ¿no era raro?, ¡una sonrisa!, como si su acto fuera la revelación de la verdad, la respuesta universal. Era una cara de victoria, una cara convencida de que la muerte era su sitio.
Me sentía como el último hombre de la tierra, pero ¿cuál tierra? Esto parecía los restos de una explosión apocalíptica que nos había puesto a naufragar en el espacio, yo era un astronauta aferrado al tanque de oxígeno y Miguel un cadáver espacial, polvo de estrellas condensado en su cuerpo aún tibio.
Encendí la mitad de un cigarro que había guardado. Después, me acerqué a su radio y resolví sintonizar alguna estación donde algún locutor nocturno buscara a los traileros y a los noctámbulos. Sintonicé Universal Estéreo. No había locutor, sólo música random, canciones olvidadas hace años, interpretadas por artistas que ya nadie recordaba y que dejaban un sabor de elevador de hotel o recepción de bodas.
Miguel, ¿por qué nunca lo dijiste? ¿Qué esperabas que pensara? Pude ayudarte, al menos lo habría intentado. ¿Tenías miedo? ¿Por qué, Miguel? ¿Por qué? ¿Qué querías de mí? Entonces, comprendí. Mientras miraba a Miguel columpiarse, comprendí. Porque Miguel no se columpiaba, Miguel y la cuerda eran un solo objeto, un péndulo que marcaba el tiempo, el tiempo de mi suerte.
En la radio comenzó a sonar “The end”, de los Doors.
This is the end, beautiful friend
This is the end, my only friend…
Soy el último astronauta, el que apaga la luz, el que baja el telón, el que cierra las puertas de la morgue…. the end/Of our elaborate plans, the end/Of everything that stands… ¿El final? ¿El comienzo? ¿Dónde estaba el telón? ¿Dónde estaba yo? Lost in a Roman wilderness of pain/And all the children are insane, all the children are insane…
La canción me regresó. En mi mano yacía la colilla del cigarrillo. La tiré al piso y, luego, me quedé contemplando el péndulo…
… Driver, where you taken us
The killer awoke before dawn, he put his boots on
He took a face from the ancient galler
And he walked on down the hall…
No podía más, no lo aguantaba, comencé a llorar.
Con cuidado, desaté a Miguel y lo acosté en su cama. Parecía felizmente dormido. Luego, regresé a mi recámara arrastrando la cuerda… Kill, kill, kill, kill, kill, kill… Me encontré con la tristeza y con la pena de mi mala vida… This is the end, my only friend, the end/It hurts to set you free/But you’ll never follow me/The end of laughter and soft lies/The end of nights we tried to die… Amarré la cuerda y me puse el nudo corredizo al cuello. Quería morir, poco a poco, hasta deshacerme en la nada.
En ese momento, llamaron a mi puerta.
—¿Pasó algo? ¿Estás Bien?
—Sí, Miguel, no te preocupes.
—Te escuché llorar.
—Estás loco, Miguel.
—Ok, hermano, descansa. No son ni las cuatro de la mañana.
Quité la cuerda y la arrojé debajo de mi cama. Tomé una almohada, terminé de llorar y así logré dormir.
El sol inusual de ese diciembre me despertó. Me levanté lleno de sudor y me dirigí al baño a lavarme la cara y los dientes. Vi mi cara, no me reconocí al momento. ¿Ese era yo? Algo dentro de mi realmente había muerto y ahora tenía un abismo en el alma.
Miguel ya había salido a trabajar. Al cruzar la sala, me encontré el cadáver de un pajarito, presa de alguno de mis gatos. Estaba tirado en medio del suelo, con las alas abiertas y su cabeza de lado, lo miré con tristeza y con mi más sentido pésame lo enrollé en papel higiénico y lo tiré por el retrete.
Nunca vi el amanecer.
Dadá (D.J). Originario de la Ciudad de México. Sin credenciales, sin formación, dice ser el mejor amigo de Roberto Arlt, le gusta leer y siempre apuesta a que va a perder: de ahí la escritura.